Owlcat Games, el estudio de origen ruso que hoy opera desde Chipre, se ganó su reputación entre los aficionados al rol táctico gracias a Rogue Trader, una aproximación grandilocuente al universo de Warhammer 40.000 centrada en la conquista espacial y la escala épica. Por eso, cuando se anunció Warhammer 40K: Dark Heresy como su siguiente proyecto, la noticia generó cierta extrañeza: se trataba de una secuela desarrollada en un plazo relativamente ajustado y heredera de un juego con una identidad muy marcada.
Las primeras impresiones, sin embargo, empezaron a disipar esas dudas. Ya con la alpha disponible en diciembre quedó claro que Dark Heresy no pretendía ser una simple repetición de fórmula con nombre distinto, sino una propuesta con personalidad diferenciada dentro del mismo universo narrativo.
Esa sensación se ha confirmado con más fuerza tras dedicar más de diez horas a la beta del juego. Frente al tono épico y la mirada hacia las estrellas que definía a Rogue Trader, Dark Heresy apuesta por una atmósfera considerablemente más sórdida y despiadada, coherente con el nombre de la línea de rol de la que toma inspiración dentro del imaginario de Warhammer 40.000.
Uno de los aspectos que más llama la atención de esta nueva entrega es cómo el equipo liderado por Oleg Shpilchevskiy y Alexander Mishulin ha decidido tratar a uno de los personajes más reconocibles de todo el universo, integrándolo de una manera que aporta un valor añadido especialmente cuidado dentro de la experiencia jugable.
Con estos primeros contactos, Dark Heresy se perfila como algo más que un spin-off apresurado: un título que busca marcar distancia respecto a su predecesor sin renunciar al legado técnico y narrativo que Owlcat ha ido construyendo. Habrá que esperar a la versión final para comprobar si esa promesa de identidad propia se sostiene en el conjunto completo del juego.